Menos mal que no quiso

Cierto, quizás tuvo un Balón de Oro en las botas, pero no en la cabeza ni en el corazón. Allá quien no sepa comprenderlo. Lejos de renunciar a una manera de vivir, la conjugó con su talento. ¿Conformismo? Así fue leyenda en su casa. Qué poquitos pueden decir eso. Leyenda real, en vida, incontestable, disfrutó viéndose en la fachada del estadio donde fue feliz. Marcó para siempre a una generación de sevillistas, la que se despidió de la infancia viéndolo jugar. Esos que, desde la fatídica mañana del 1 de junio, llevarán una puñalada bien honda en sus corazones futboleros. Artista, sí, pero también campeón. Reyes encarnó lo mejor de su equipo. Si el Sevilla tuvo alguna vez un genio, fue él.

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